Javier Núñez

Javier Núñez: “La covidianidad y las palabras para nombrar lo que no podemos nombrar”

07 jul 20

Javier Núñez es escritor y coordinador de talleres literarios. Es autor de libros de cuentos y novelas. Con La doble ausencia fue ganador, en 2012, del premio Sergio Galindo a Primera Novela, convocado por la Universidad Veracruzana de México, y declarado Escritor Distinguido por el Concejo Municipal de Rosario. En 2019 obtuvo una Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes en la categoría Letras. Se suma al ciclo “#Signos2020: nuevos tiempos, ¿nuevas palabras?” con la palabra “covidianidad”.

 

Por Javier Núñez

 

Hace un tiempo leí que una cosa no es solo una cosa: es algo que cumple una función, que expresa una voluntad del hombre sobre ese objeto. Cuando esa cosa ya no cumple su función, sin embargo, muchas veces preserva el nombre. Un paraguas despojado de la tela no es más que un esqueleto de radios que no evita que uno se empape y, sin embargo, se sigue llamando paraguas. Aunque la palabra que lo nombra, ahora, haya devenido imprecisa, insuficiente: no alcanza para nombrar lo que tiene que nombrar. Pero si ni siquiera podemos incorporar la noción de cambio a un simple objeto, ¿cómo podremos hablar, entonces, de las cosas que verdaderamente importan?

No tengo idea de qué mundo nos quedará mañana. No sé si alguna vez el mundo volverá a ser como era. Y no me refiero a la supuesta “normalidad”: si lo normal era esa aceptación de la condena de la desigualdad, de los que se mueren de hambre y de frío, del odio estallando en todas partes, de los pocos con tanto y los tantos con tan poco, es un lugar al que no quiero volver. Me refiero al mundo que era antes de los confinamientos y las distancias y los tapabocas. ¿Qué ocurre si todo eso llegó para quedarse? El futuro será un lugar donde vamos a tener que volver a nombrar muchas cosas. Objetos, actos, gestos que acompañen la covidianidad.

¿Le daremos nombre a este gesto reciente de descubrirnos fugazmente la cara, como quien alza un sombrero, cuando nos cruzamos a alguien y no nos reconoce? ¿Encontraremos nuevos modos de nombrar los saludos, los encuentros, ahora que chocamos codos y perdemos abrazos? ¿Cómo se llaman las voces apagadas que se oyen a través de los barbijos? ¿Cómo los lugares de la casa donde van quedando hileras de zapatos vacíos como soldados caídos después de una batalla? Tiene que haber un nombre para esa expectativa que llena el delay de las preguntas suspendidas en las conversaciones por videollamada. Tiene que haber un modo de nombrar ese espanto que a veces late en el silencio de los amaneceres, cuando nos preguntamos si afuera todo seguirá igual. Una palabra para esta inquietud que precede a las cifras, al recuento de muertos y contagios, a las excursiones a la calle, a todo lo que puede salir mal, a todo lo que amenaza ahí afuera. Tiene que haber un modo de nombrar esa brecha entre cuerpos que provoca la distancia social en la cola de un supermercado, y otro diferente para ese abismo que nace entre dos que se quieren y no se tocan, esperando que todo pase. Aunque nadie sepa, cuando pase, con qué nos vamos a encontrar.

Tiene —tendrá— que haber nuevas palabras que nombren todo lo que ya no podemos nombrar, todo lo que nos resulta tan insuficiente, tan inalcanzable.

 

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